Mi infancia

Nací en Azkoitia el 13/04/1971.

Se puede decir, que mi infancia fue una infancia feliz. Estudié en un colegio de monjas y salvo una infección de oído con cuatro años, que recuerdo como si fuera ayer, no tuve ningún problema mencionable.

Fui hija única, sobrina única y nieta única por parte de mi padre durante más de cinco años. Se puede decir que era una niña mimada. Tuve de todo. Juguetes que no tenían otros niños. Mogollón de tíos y tías que me adoraban y con los que hacía lo que quería. Abuelos en cuya casa me quedaba a dormir los fines de semana y de los que tengo gratísimos recuerdos.

Menos mal que mi madre era estricta. Ella me enseñó lo que está bien y lo que está mal. Me puso límites. Ella era la que me obligaba a estar acostada a las 10, la que decía un NO rotundo a mis innumerables caprichos y la que formó mi conciencia. Y mi padre. Con él aprendí a leer antes que el resto. Con poca paciencia mi padre enseñaba y eras tú la que tenía que aprender. Con él íbamos al monte los sábados por la mañana y terminábamos al mediodía en algún caserío perdido, tomando el almuerzo.

De lunes a viernes, iba al Cole. Era muy buena estudiante. No daba problemas. Lo que no entendía en clase, me lo explicaba mi padre en casa. Mis primeros años, los pasé entre el cole, la academia de música, el solfeo, el piano y la armonía. Nunca se me planteó la posibilidad de no estudiar. Era mi deber y mi obligación pero en aquella época no lo tomaba como una imposición. Era lo que debía hacer y lo hacía. Punto.

Nunca me gustaron las letras. Lo mío eran las ciencias. Las matemáticas, la física y la química no suponían ninguna dificultad para mí, pero la historía, la literatura eran como una pesada losa que tenía que quitarme de encima cuanto antes. De esto no me di cuenta hasta que estuve en BUP. Fue un grandísimo alivio cuando en COU pude elegir ciencias puras y quitarme de encima todo lo que fuesen las letras.

No obstante, siempre he sido una gran lectora. Cuando era niña, me regalaron un primer libro de Guillermo el travieso, y me enganché. Luego los cinco y los siete secretos. Aún no existía Harry Potter. Tuve la colección completa de Puck y algunos libros de Los gemelos. Aún los tengo por si mi hijo los lee algún día. Mi mejor regalo en reyes o en cumpleaños era un libro. Los devoraba. Me duraban un par de días. Incluso por la noche, guardaba linternas debajo del colchón y leía a escondidas sin que lo supiera mi madre. Cuantos días he pasado sueño en clase por acabarme el libro la noche anterior. Y qué rabia cuando se me acababan las pilas… Mis libros eran mi mayor tesoro y los guardaba ordenados por colección y por número en las estanterías de mi habitación. Y que no los tocase nadie. Los leía y releía varias veces hasta que casi me sabía los párrafos de memoria. Cuando en el cole nos mandaban leer algún libro para “fomentar la lectura” yo no lo entendía. A menudo eran tochos insufribles que más que fomentar la lectura te llevaban a aborrecerla. Cuando había libros estupendos que podían engancharte, te mandaban leer aburridos y nada interesantes rollos que te costaba sobremanera terminar. Y eso que yo leía!!! Imaginaros aquellos que no lo hacían…

En fin…

Los inviernos eran bastante tristes en mi pueblo. No había mucha cosa. Los domingos por la tarde los curas mercedarios ponían una peli en la capilla. Transformaban la capilla en un cine y allá íbamos todos los críos a ver pelis de Parchís o de bichos absurdos. Pero era lo único que había para hacer. Comprábamos pipas y golosinas en cualquiera de las cuatro tiendas de chuches y subiamos a ver la peli que tocase. Ni siquiera soliamos saber lo que echaban y a veces, era repetida. Pero daba igual Pagabamos 25 pesetas y pasábamos la tarde. A menudo salías de la peli con el pelo y la espalda llenos de cáscaras de pipa. A veces te llevabas el grito de algún papa que había ido a acompañar a su niño porque no se oía nada de la algarabía que montábamos. Pero daba igual. Lo pasábamos bien.

Al inicio del invierno y del verano, nos compraban ropa nueva. Era una fiesta, porque íbamos a Donosti y nos compraban un traje completo, zapatos incluidos. Este traje era el de Domingos, al menos durante ese año. Al año siguiente ya lo llevabas entre diario, aunque quedasen un poco cortas las mangas… pero al principio, se te hacía raro vestir el traje del domingo, entre diario. Cuando tenía 7 años, recuerdo que los reyes me trajeron el primer chandal de mi vida. Azul de Adidas, con dos rayas blancas a cada lado de la pierna en el pantalón. En aquella época era raro. No había chandals, ni sudaderas. Los jerseys de lana, los hacían las madres con las agujas de tricotar y que decir, de las bufandas y los guantes. Los vaqueros no tenían marca. No había forum, ni Zara, ni grandes centros comerciales donde comprabas de todo. Era distinto. Lo cual no quiere decir que fuera peor. No sé cómo sería en las ciudades, pero en mi pueblo os aseguro que así era, y era lo normal.

Recuerdo que en el salón teníamos tele en blanco y negro, hasta que esta nos la pusieron en nuestra habitación de jugar y trajeron la tele en color. Todo un acontecimiento. Siempre nos tocaba levantarnos a cambiar de canal… pero total… solo había 2. Era la primera y la segunda y para de contar. Algunas noches mi madre, cuando no había cole al día siguiente nos dejaba ver grandes relatos. No entendíamos nada, pero con tal de acostarnos más tarde daba igual lo que echasen. Yo odiaba el un globo, dos globos porque era indicativo de que ya tocaba irse a dormir. Más tarde fue casimiro con su cepillo de dientes, este ya en color. Tampoco me gustaba nada. Había días que me entraba nostalgia. Me daba por llorar y no sabía porqué. Y tampoco es que estuviera triste. Simplemente me apetecía llorar y lo hacía y justamente coincidía con casimiro o con la familia Telerín. Seguro que si pregunto a mi madre se acuerda perfectamente de esos episodios míos tan tontos.

En verano, era más divertido. Hiciera bueno o malo, íbamos a la playa en el R8 de mi tía. Escuchábamos las canciones de fofito y Miliki en el camino. Mi primo y yo nos las sabíamos de memoria. Aprendimos a nadar por nuestra cuenta, en las olas del cantábrico. Cogíamos cangrejos en las rocas. Nos obligaban a esperar dos horas antes de bañarnos para hacer la digestión. Había que entretenerse en algo. Y a la salida un helado. Podías tomártelo después del bocata de la merienda o al salir de la playa. Y esto era un dilema, porque era solo uno. Si te lo tomabas después del bocata, no había a la salida, pero es que se hacía largo esperar a la salida. Y de vez en cuando comiamos en la playa e íbamos a tomar un refresco al chiringuito. Mi primo y yo haciamos carreras a ver quien tardaba más en tomarse la coca-cola, porque claro. Era una coca-cola y cuando se acababa se acabó. Y si acababas antes que el otro, te fastidiabas porque ya no tenías más. Qué cosas. Qué inocentes éramos.

Cada vez que nos bañábamos, si saliamos del agua nos cambiaban de bañador y nos ponían uno seco. Hasta que se acababan y con el último no podías bañarte más. Si llevabas cuatro bañadores, eran solo 3 baños y si llevabas 5 eran cuatro baños, porque con el último te ibas de vuelta pa casa y no podías ir mojado. Por eso controlábamos el número de baños que nos dábamos cada tarde. Con la merienda era igual, si te la tomabas demasiado pronto, había luego que esperar 2 horas de digestión antes del siguiente baño, por lo que habitualmente hacías que la hora de la merienda coincidiera con el último bañador. Así ya no había problema…

En casa, teniamos 3 habitaciones. En una dormían mis padres, en otra mi hermana y yo, y la tercera era nuestro cuarto de jugar. Era un cuartito chiquitín donde era libre jugar con cualquier juguete. Había juguetes que no se podían llevar al salón: Los que manchaban, los que tenían piezas, las pinturas, rotuladores o plastelinas. Pero en la habitación de jugar se podía usar, pintar, manchar o romper cualquier cosa. Nos tirábamos horas allí. Algunas tardes de sábado en invierno, llovía tanto y hacía tanto frío que no se podía salir. En la habitación de jugar desplegábamos nuestras nancys y nuestras nenucos con todas las ropas que tuviésemos para ponerles y nos tirábamos horas muertas simulando ser mamás. En ocasiones, alguna mamá nos daba telas o ropas viejas para hacerles trajes a las muñecas. Le echábamos imaginación. Eramos capaces de hacerle un vestido de fiesta a la nancy con una manga de una blusa y un par de cuerdas de colores…

Una tarde mi padre trajo un gran trozo de espuma. Y… ¿qué se puede hacer con esto?, me dijo… Cogimos un par de tijeras y empezamos a cortar trozos con los que hicimos 2 sillones, un sofá, una cama y hasta un armario. Después disolvimos unas acuarelas de colores en distintos vasos y los teñimos. Mi padre con paciencia y un pincel pintó líneas en los muebles, nos pareció que quedaron bastante aceptables. No podeis imaginar la cantidad de enfermedades que pasó mi nancy en aquella cama y las horas que pasó la nenuco sentada en aquellos sofás rosas y azules a manchas porque la acuarela no los pintó de forma uniforme. Evidentemente ya no tengo aquellos muebles, pero me encantaría tenerlos.

Poquito a poco iré completando esta página con recuerdos y anécdotas de aquella infancia de los años 70, donde las cosas eran más sencillas, los juguetes menos sofisticados y nosotros más simples que los niños de ahora…

  1. #1 by Vivian Loolander on 18 mayo 2011 - 5:15

    The story that you have shared about your childhood is very inspiring and you really have a nice story to share.Everyhing really happens for a reason even f you do not want it to happen. Sometimes you are happy but there are times when you are sad.

(No será publicado)


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